Fausto el retorico Mendoza I

Un día Fausto despertó melancólico, un día sintió su corazón estaba en otro lugar, vio por la ventana los valles despeinados, el cielo azul casi transparente, vio los montes y las montañas a la distancia, como un dibujo aéreo e imaginario que no se puede tocar, tan desconocido que da miedo, tan enigmático que es un paraíso de posibilidades infinitas, Fausto no tenia nada antes de aquel día, quizá sólo tenia una idea borrosa y el ímpetu propio de la juventud, pero aquel día él decidió cambiar el rumbo, él decidió ser un hombre creyente de su propia fe, el todopoderoso de su error y su virtud.

Ese día desayunó en silencio, sin quejas por la comida rancia ni las tortillas duras, vio en cámara lenta a su madre trasladarse de la cocina al comedor, sentada inmóvil su madre sabía algo torturaba a Fausto, ella no aceptaba su hijo había crecido y tenia el arrebato de ver más allá de la casa que se caía, de los domingos donde esta tan cansado hasta para descansar, y el café por la mañana con pan duro y una bendición que no es una promesa de nada y la feria del pueblo una vez al año, una camisa nueva y un perfume barato, y ella sabía… Fausto estaba lejos, muy lejos para alcanzarlo.

Tomó su bestia de carga y acompañado de su padre se marchó a laborar como cualquier día, de siete a seis como si el mundo se fuese a terminar, como si fuera una imposición inflexible que le toco por azar, en el camino su padre no charlo como siempre lo hacia, no bromeo y no comento sobre el terrible clima, sobre la buena /mala cosecha, su mirada triste se extendía hasta donde llega el camino, se perdía en la neblina de mayo y sus manos laceradas sostenían la rienda de la bestia como si fuera su única motivación para vivir, Fausto a su lado se sabía extraviado y sólo miró a su padre para en terrible negación y con tristeza pensar: “me iré, porque no quiero ser como tú”

Los días siguientes no fueron muy distintos, Fausto trabajó con ahincó en todo lo que le ofreciera dinero extra, en todo lo que le alejara de lo que es, fue el sacrificio de cualquier guerrero cuando se va comenzar la batalla, dio tanto a cambio de tan poco que hasta las heridas dejaron de doler, y es cierto estaba cansado, suficiente para dormir pero no tanto para dejar de soñar, un domingo visitó a su abuela y al despedirse no pudo evitar pensar que era la ultima vez que veía sus nublados ojos, y su bendición lo acompañaría hasta la muerte, porque ya no la volvería a ver, porque los hombres se tragan sus sentimientos y no se regresa siendo quien un día se marchó, porque a veces de tan poco ya no queda nada y se tiene que ser un “hombre” para sí, y para todos.

Caminó en calles vacías apenas alumbradas por las luces en las marquesinas, calles impregnadas de un recuerdo agridulce, instintivamente vio desde lejos las ventanas iluminadas en la casa de Alicia, e imagino había vuelto cargado de maletas y obsequios y ella abriría la puerta para saludarlo con un gran abrazo y un tierno beso, ella era un motivo de aquel viaje temerario, Alicia era la princesa de su cuento, era tan hermosa y el era tan poco cosa que hasta su mirada le daba miedo, la ultima vez que le habló fue en primaria para pedirle prestado un lápiz, tantas veces había visto con resignación que ella tenia un enamorado, y con alegría volvía a verla sola una vez más, Alicia su intocable musa , su amor silencioso y su razón, su rostro blanco, sus ojos grandes , su mirada alegre y su dulce perfume seria su motivación para no retroceder en la oscuridad de lo desconocido.

Aquella noche las primeras lluvias de julio comenzaron a caer, el agua se evaporaba en las calles empedradas, Fausto esperaba la madrugada para huir en la oscuridad, para que no hubiera reproches ni despedidas dolorosas, se iría y la lluvia borraría sus pasos para que ni él mismo pudiera encontrarlos, tomo su maleta vieja y se marcho, su chamarra despintada era ya su único refugio contra la ciudad que sabía lo embestiría sin piedad, llevaba tanto peso en su corazón que no pudo evitar su paso vacilara y la duda invadiera su pensamiento, aun así, llego a lo alto donde estaba la carretera y abordaría el autobús de las cuatro, contempló su pueblo por ultima vez , sabía también que el muchachito preparatoriano anónimo que se marchaba también ya habría muerto, y es que las cosas cambian rápido y a veces hasta el tiempo se come al tiempo.

A bordo del autobús los pasajeros dormían placidos con sus vidas trazadas, bien o mal llegarían al trabajo que odian, a su casa a continuar la siesta, Fausto en cambia no tenia cama ni empleo que odiar, miro por la ventanilla como la carretera se creaba ante la exigencia de los faros del sucio autobús, apenas se escuchaba la música grupera del hiriente chofer y la platica de un noctambulo pasajero, tenia miedo y las horas pasaban rápido, a las seis imagino a su padre entrar a su habitación y encontrar la cama tendida y un papel sobre la almohada, imagino su impotencia al no poder leerlo y tener que ir a despertar a algún vecino letrado o de menos no analfabeta, para que palabras más o palabras menos su padre supiera que se había marchado, no importa cuanto amor o cuantas lagrimas hayan caído sobre el papel al final dice lo mismo, su padre sabría con tremenda vergüenza y un gran orgullo que su hijo se marcho, que no quiso ser como él, que lo que le ofreció no era suficiente, sólo entre la niebla con su bestia, iría a laborar un día más, porque aquí no ha pasado nada y no hay tiempo para lamentos, con todo el dolor Fausto no pudo evitar llorar al imaginar lo que en ese momento ocurría.

Catorce horas sentado finalmente arribó a la terminar de autobuses, catorce horas que habían sido una vida, momentos de felicidad, tristeza, soberbia y miedo que había vivido, compañeros de viaje que se echaban a dormir, le platicaban incidencias menores y motivos del viaje, en el mejor de los casos compartían un pedazo de torta y le deseaban buena suerte, por fin llego a su destino, los andenes escandalosos y la gente que camina rápido porque se hace tarde, los diableros apresurados que sabían de hecho su maleta valía menos que la cargada que les pudiera pagar, caminó a la salida guiado por las flechas de dirección y en la puerta tomo su primera gran decisión: caminó hacia la izquierda y se perdió entre la multitud, anónimo entre la ola de gente se había perdido, era un rostro más, otro provinciano con sueños de grandeza, era él, era Fausto Mendoza.

3 comentarios:

Gabriel Santiago | 11 de septiembre de 2010, 00:13

No mames, tenia tiempo que un texto no me comia vivo, un saludo tantas veces y uno esta demasiado ocupado en lo propio pero a veces se necesita ser un hombre, inevitablemente.

Juguete Mental | 14 de septiembre de 2010, 19:34

es una historia interesante, el muchacho de pueblo que miro la television y se aburrio o canso de su vida sencilla.

creo que por todas partes la historia es igual... debe ser por la globalizacion

un saludo

°AcidRain° | 21 de enero de 2011, 16:58

Que bueno te haya gustado Gabo.
Vaya, ¿la globalización? creo simplemente somos seres sin llenadero y con aspiraciones a ser Dios.
Ciao...

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